Marcelo Choren
07-01-2003, 03:01 PM
Justo pasa Anita y me mira. No me dice nada, pero cierra los ojos un cachito: ya vio la mugre. Me hago el distraído, y sigo sobre el cenicero, hasta que la tana desaparece.
Tengo ante mí varios lápices negros. No sé por qué, siempre elijo el mismo.
La mina parece cera, da gusto deslizarla sobre el papel. ¡Y la madera! Perfumada, fragante de cedro. Le saco punta despacito, como cuando pelo una manzana y no quiero que la cáscara se rompa. Al afilarlo, sale una tira con el borde dentado y una fina raya de pintura. La desmenuzo aspirando el aroma.
Tengo mis ritos. Me dispongo a escribir el cuento que me pidieron en el taller. Elijo el tema de las contestaciones irónicas aunque indoloras. Preparo el cuaderno de papel amarillo, abierto en una hoja nueva.
Agarro el sacapuntas. Mi Noris gira y gira y no pasa nada. Lo fuerzo un poco. La madera se astilla, se arruga toda... y salen unas virutitas como escarbadientes de hormiga; la mina se va rompiendo al mismo tiempo. Pero yo insisto.
La mesa se llena de basura, el grafito se pega en la fórmica. Al pasarle la mano me ensucio todo. Usar la cuchillita es impensable, como hacer una cesárea con explosivos. Por suerte, el sacapuntas tiene dos hojitas de repuesto. Busco el destornillador finito, ese que uso para ajustar las patillas de los anteojos. Y, entonces, Anita que se asoma otra vez: seguramente me escuchó refunfuñar y viene a ver qué pasa.
Quiero sacar el tornillo agarrotado. Hago fuerza, se zafa la hoja y me la clavo justo en la yema del dedo. Duele como la gran siete, me apuñalé. Arrugo los dedos de los pies, sacudo la mano y vuela una gota de sangre, cae arriba de la mugre. Chupo la herida, con la otra mano paso una hoja suelta para limpiar la mesa. Se hace una pasta inmunda. Por suerte el cuaderno amarillo sobrevive, intacto.
Levanto la cabeza y descubro a Anita, vigilando. Ve a un tipo descalzo yo, con los dedos de los pies arrugados, chupándose el índice y remojando una hoja de papel sobre la mesa, como si fuera pan en la sopita de tapioca.
Se lo muestro, me aprieto la yema y sale otra gotita de sangre. Tiene gusto a metal. Anita menea la cabeza, es resignación.
¿Por qué me ama? Si yo fuera mujer, jamás podria enamorarme del semejante desastre que soy. Pero ella lo hizo, aunque hace ya demasiado tiempo.
Busco en la cajita y encuentro otro sacapuntas. El Noris es una seda.
Cuando se me pasa un poco el dolor, enciendo la computadora. Me pongo el lápiz detrás de la oreja, ya puedo escribir tranquilo. Uso un solo dedo, el otro está insensible. Mi capacidad creativa quedó reducida a la mitad.
Para tomar ritmo escribo:
Culerda.
vtc.
4960.
Fastix.
Advierto que me quedan pocos cigarrillos.
Esa mañana supe que Félix había muerto, no estaba solo.
Anita no perdonará jamás que yo escriba. Cada vez que está a punto de comprenderme, la empujo otro poco, la arrincono contra su propia bronca.
Mateo, que ya no era Mateo sino otra cosa horrorosa y muerta, lo miraba desde el fondo de dos pozos siniestros.
¿Algo horroroso y muerto? Evitar la cacofonía.
El grafito se pega en la fórmica.
Diego esperó a que el café con leche se enfriara, mordisqueando una medialuna. Afuera, caía una llovizna amarillenta.
Escribí a escondidas durante más de diez años. Hacía desaparecer los restos de papel, todo. Típico del marido culpable que se revisa de arriba a abajo, buscando señales delatoras. Mientras, ella creía que yo preparaba informes para la oficina.
Laura no vendría, ni esa tarde ni nunca. Acaso Patricia; pero Laura, nunca.
Cuando Anita se enteró de que convivía con mi amante en la misma casa, se ofendió de una manera terrible. Primero quiso participar. Pero esto no es un bien ganancial, no puede decime: "Che Marce, cambiá esa coma". O, qué sé yo: "¿Cómo que es morocha y de ojos verdes? ¿En quién pensás, vos?" Y... es tana.
Al principio la vi tan enojada, la vi tan dolida, que busqué una manera de hacer las paces. Le di un cuento, para amansarla y que no se sintiera excluida.
Recién horneado dije, y era cierto.
Se sentó en la cama, acomodó las almohadas y lo leyó todo.
Yo, pendiente de ella, le espiaba los gestos. La historia era suave, apenas se retorcía al final.
Anita terminó de leer y se puso seria. La vi venir: Quería hacer un comentario importante, decir algo meduloso. Después de tantos años, conozco el significado de cada contracción muscular. Es expresiva, transparente. Cuando habla, la cara parece el subtitulado de una película.
Esperé.
Mmmh, está bien Hacía un esfuerzo para no herirme, pero en la mitad ya me dí cuenta del final.
No pude dominar mi boca.
En este cuento contesté sabihondísimo el narrador guiña el ojo para que te des cuenta de algo que uno de los personajes no puede descubrir.
Claro, si yo soy Borges.
-Ahh, murmuró. Los ojos relampagueaban, la boca se le hizo finita.
Salí del dormitorio odiándome. El Maestro de la Respuesta Tajante cabalga nuevamente. El Monstruo Repulsivo Típico también.
La semana pasada vio una hoja impresa sobre la mesa del comedor. Para ayudarme, para mostrarme que se preocupa, para evitarme una molestia mínima, me avisó:
Fijate, acá hay un error de ortografía.
¿Un error de ortoqué?
De ortografía, en vez de poner "se" agradecerá, escribiste "ser" agradecerá.
¿Dejarlo pasar, callarme, darle las gracias, decir algo que no hiera? No pude.
Un error de ortografía le contesté desde el Olimpo se comete por ignorancia del idioma. Donde tenés apoyado el dedo hay un error de tipeo.
¡Entonces metételo en el culo!
¿El dedo o el papel?
¡Lo que quieras! Gritó, al borde del llanto.
¿En qué orden?
La puerta del baño tembló contra el marco. Lo dicho: jamás podrá perdonarme, yo no se lo permito.
Mejor guardo todo y sigo mañana. Ahora el dedo me late. Voy a traer un trapo rejilla de la cocina, así limpio la mesa. Si no, esta noche duermo en el balcón.
Por lo menos me quedan mis lápices.
Aunque siempre elijo el amarillo y negro. El de la cabeza roja, rodeada por una coronita blanca.
Buenos Aires, Marzo del 2002
[Este mensaje ha sido editado por Marcelo Choren (editado 07 Enero 2003).]
Tengo ante mí varios lápices negros. No sé por qué, siempre elijo el mismo.
La mina parece cera, da gusto deslizarla sobre el papel. ¡Y la madera! Perfumada, fragante de cedro. Le saco punta despacito, como cuando pelo una manzana y no quiero que la cáscara se rompa. Al afilarlo, sale una tira con el borde dentado y una fina raya de pintura. La desmenuzo aspirando el aroma.
Tengo mis ritos. Me dispongo a escribir el cuento que me pidieron en el taller. Elijo el tema de las contestaciones irónicas aunque indoloras. Preparo el cuaderno de papel amarillo, abierto en una hoja nueva.
Agarro el sacapuntas. Mi Noris gira y gira y no pasa nada. Lo fuerzo un poco. La madera se astilla, se arruga toda... y salen unas virutitas como escarbadientes de hormiga; la mina se va rompiendo al mismo tiempo. Pero yo insisto.
La mesa se llena de basura, el grafito se pega en la fórmica. Al pasarle la mano me ensucio todo. Usar la cuchillita es impensable, como hacer una cesárea con explosivos. Por suerte, el sacapuntas tiene dos hojitas de repuesto. Busco el destornillador finito, ese que uso para ajustar las patillas de los anteojos. Y, entonces, Anita que se asoma otra vez: seguramente me escuchó refunfuñar y viene a ver qué pasa.
Quiero sacar el tornillo agarrotado. Hago fuerza, se zafa la hoja y me la clavo justo en la yema del dedo. Duele como la gran siete, me apuñalé. Arrugo los dedos de los pies, sacudo la mano y vuela una gota de sangre, cae arriba de la mugre. Chupo la herida, con la otra mano paso una hoja suelta para limpiar la mesa. Se hace una pasta inmunda. Por suerte el cuaderno amarillo sobrevive, intacto.
Levanto la cabeza y descubro a Anita, vigilando. Ve a un tipo descalzo yo, con los dedos de los pies arrugados, chupándose el índice y remojando una hoja de papel sobre la mesa, como si fuera pan en la sopita de tapioca.
Se lo muestro, me aprieto la yema y sale otra gotita de sangre. Tiene gusto a metal. Anita menea la cabeza, es resignación.
¿Por qué me ama? Si yo fuera mujer, jamás podria enamorarme del semejante desastre que soy. Pero ella lo hizo, aunque hace ya demasiado tiempo.
Busco en la cajita y encuentro otro sacapuntas. El Noris es una seda.
Cuando se me pasa un poco el dolor, enciendo la computadora. Me pongo el lápiz detrás de la oreja, ya puedo escribir tranquilo. Uso un solo dedo, el otro está insensible. Mi capacidad creativa quedó reducida a la mitad.
Para tomar ritmo escribo:
Culerda.
vtc.
4960.
Fastix.
Advierto que me quedan pocos cigarrillos.
Esa mañana supe que Félix había muerto, no estaba solo.
Anita no perdonará jamás que yo escriba. Cada vez que está a punto de comprenderme, la empujo otro poco, la arrincono contra su propia bronca.
Mateo, que ya no era Mateo sino otra cosa horrorosa y muerta, lo miraba desde el fondo de dos pozos siniestros.
¿Algo horroroso y muerto? Evitar la cacofonía.
El grafito se pega en la fórmica.
Diego esperó a que el café con leche se enfriara, mordisqueando una medialuna. Afuera, caía una llovizna amarillenta.
Escribí a escondidas durante más de diez años. Hacía desaparecer los restos de papel, todo. Típico del marido culpable que se revisa de arriba a abajo, buscando señales delatoras. Mientras, ella creía que yo preparaba informes para la oficina.
Laura no vendría, ni esa tarde ni nunca. Acaso Patricia; pero Laura, nunca.
Cuando Anita se enteró de que convivía con mi amante en la misma casa, se ofendió de una manera terrible. Primero quiso participar. Pero esto no es un bien ganancial, no puede decime: "Che Marce, cambiá esa coma". O, qué sé yo: "¿Cómo que es morocha y de ojos verdes? ¿En quién pensás, vos?" Y... es tana.
Al principio la vi tan enojada, la vi tan dolida, que busqué una manera de hacer las paces. Le di un cuento, para amansarla y que no se sintiera excluida.
Recién horneado dije, y era cierto.
Se sentó en la cama, acomodó las almohadas y lo leyó todo.
Yo, pendiente de ella, le espiaba los gestos. La historia era suave, apenas se retorcía al final.
Anita terminó de leer y se puso seria. La vi venir: Quería hacer un comentario importante, decir algo meduloso. Después de tantos años, conozco el significado de cada contracción muscular. Es expresiva, transparente. Cuando habla, la cara parece el subtitulado de una película.
Esperé.
Mmmh, está bien Hacía un esfuerzo para no herirme, pero en la mitad ya me dí cuenta del final.
No pude dominar mi boca.
En este cuento contesté sabihondísimo el narrador guiña el ojo para que te des cuenta de algo que uno de los personajes no puede descubrir.
Claro, si yo soy Borges.
-Ahh, murmuró. Los ojos relampagueaban, la boca se le hizo finita.
Salí del dormitorio odiándome. El Maestro de la Respuesta Tajante cabalga nuevamente. El Monstruo Repulsivo Típico también.
La semana pasada vio una hoja impresa sobre la mesa del comedor. Para ayudarme, para mostrarme que se preocupa, para evitarme una molestia mínima, me avisó:
Fijate, acá hay un error de ortografía.
¿Un error de ortoqué?
De ortografía, en vez de poner "se" agradecerá, escribiste "ser" agradecerá.
¿Dejarlo pasar, callarme, darle las gracias, decir algo que no hiera? No pude.
Un error de ortografía le contesté desde el Olimpo se comete por ignorancia del idioma. Donde tenés apoyado el dedo hay un error de tipeo.
¡Entonces metételo en el culo!
¿El dedo o el papel?
¡Lo que quieras! Gritó, al borde del llanto.
¿En qué orden?
La puerta del baño tembló contra el marco. Lo dicho: jamás podrá perdonarme, yo no se lo permito.
Mejor guardo todo y sigo mañana. Ahora el dedo me late. Voy a traer un trapo rejilla de la cocina, así limpio la mesa. Si no, esta noche duermo en el balcón.
Por lo menos me quedan mis lápices.
Aunque siempre elijo el amarillo y negro. El de la cabeza roja, rodeada por una coronita blanca.
Buenos Aires, Marzo del 2002
[Este mensaje ha sido editado por Marcelo Choren (editado 07 Enero 2003).]